domingo, 14 de enero de 2018

Pico de los Monjes (o Pic des Moines): 2.346m de altitud.


 
Pico enteramente francés que, como un pequeño apéndice separándose apenas doscientos metros hacia el Norte de la cadena fronteriza que rodea el ibón del Escalar, constituye un  mirador privilegiado sobre el Midi d’Ossau.

Accesible desde Astún o desde Bious-Artigues, a este pico se suele ascender desde el Collado de los Monjes (Coll des Moines). Este paso se llama así en referencia a los monjes del Hospital de Santa Cristina de Somport quienes, en invierno, se acercaban al collado para encontrarse con  los peregrinos que, siguiendo el camino de Santiago, subían por el valle d’Ossau y lo cruzaban en su marcha hacia Compostela y guiarlos hasta la hospedería.  

Alcanzar la cima no presenta dificultad apreciable en ausencia de nieve, pero cuando la hay la parte final requiere un poco de atención en función de la calidad y abundancia de la misma. Las caídas laterales son importantes y la formación de alguna cornisa, junto con la trepada por terreno mixto: roca – nieve, demandan ir con cuidado.   

Es temprano y las nubes están ancladas en torno a la cota de los 2.200m cuando Eduardo, Rubén y yo emprendemos la marcha desde la estación de esquí de Astún (1.700m), adentrándonos en el valle que asciende hacia el ibón del Escalar, unos con raquetas, otro con esquíes de travesía.

Cuesta poco ascender por este barranco, tan sólo hay que evitar la tentación de ir por su parte baja, ya que ello conduciría a una penosa y empinada salida lateral una vez se embarranca de veras.

 
Vale más trazar una diagonal, bien por las laderas que se tienen a la derecha, en sentido subida, de manera que vayamos ganando altura, rehuyendo el fondo, bien por las de la izquierda, ya que ambas opciones confluyen en el ibón del Escalar.

Decidimos ascender por la ladera derecha, para encontrar la pista que, a los 2.150m altura, comunica el ibón del Escalar con el de las Truchas.

A medida que vamos ganando altura la pendiente aumenta y es aquí donde, mientras quien va con esquíes marcha bien, los que van con raquetas empiezan a padecer y a buscar con ahínco las zonas herbosas. Los cien metros finales resultan inesperadamente empinados para todos.

Finalmente llegamos al circo e ibón del Escalar (2.078m), rodeado por la cadena fronteriza con Francia: Pic de Belonseiche (al Oeste), Punta L’Escalar (al Norte), Pico de los Monjes (al NE) y Coll de los Monjes (al Este). Las persistentes nubes siguen ocultando las cimas.

Ibón del Escalar
La ascensión hacia el collado des Moines es cómoda, la nieve se muestra moldeada por la acción del viento. En estas zonas resguardadas el manto es abundante.

Dejando atrás el ibón. Al fondo, oculto por la nube, el pico Belonseiche
Llegando al Coll des Moines
 
 
 
Desde el collado se ve la antecima del Pico de los Monjes. Dejamos los esquíes y las raquetas, nos ponemos los crampones y emprendemos la subida con la esperanza de que se aclare el cielo y nos permita contemplar el magnífico paisaje en el que estamos inmersos.

La niebla va y viene sobre la cima del Pico de los Monjes
Seguidamente, ya en Francia, alcanzamos el Coll de Bénou (2.278m) justo al pie del Pic des Moines. La parte final de la ascensión al pico es por terreno mixto. La trazada hasta la cima está clara.  En un par de pasos hay que ayudarse de las manos.

 
 
 
Las nieblas que nos han acompañado hasta aquí finalmente se disipan cuando estamos llegando a la cumbre ¡Un premio! Ahora sí podemos ver la totalidad del entorno. Queda alguna neblina residual en la parte francesa que contribuye a realzar la belleza de la zona.


 
Desde la cima del Pic des Moines: en el centro el Midi d'Ossau, a la izq, más próximo, el Pic Castérau
 
Desde la cima, vista sobre Astún, al fondo el macizo del Aspe y más próximo, a la dcha. el Pic Belonseiche

A la izq. el Coll des Moines, seguidamente, el trazado completo de la arista de acceso al Pic des Moines
 
Tras un rato de contemplación nos ponemos en modo descenso, que el día es corto en invierno, y en poco tiempo estamos de vuelta en el Collado de los Monjes, solitario y silencioso enclave.

Descendiendo del Pic des Moines
 
Llegando al Coll des Moines
Aquí Eduardo y Rubén se calzan sus raquetas y empiezan la bajada hacia el ibón del Escalar. Yo, como voy con esquíes, me lo tomo con más tranquilidad porque sé que les alcanzaré pronto. Desde la soledad del collado doy la última mirada hacia el Plaa de las Baques y al Midi antes de comenzar.

 
Suave deslizar hacia el ibón del Escalar con el macizo del Aspe a la vista (izq. al fondo) y el Pic Belonseiche en primer plano.
La nieve permite esquiar cómoda y suavemente. Llego al ibón y me sorprende no ver a mis compañeros. Han descendido verdaderamente rápidos y ya deben de estar en el barranco de desagüe del mismo.  
Antes de abandonar la cubeta del ibón lanzo una mirada a la cima del Pico Belonseiche, ahora sin nubes.
Sin pausa me dirijo hacia el punto por donde asomamos esta mañana, con la intención de bajar esquiando las pendientes laderas por las que ascendimos entonces ¡Y bien empinados que resultan los primeros cien metros de las mismas! En un santiamén llego al pie de ellas, a tiempo de ver cómo Eduardo y Rubén aparecen por la parte derecha (orográfica) de la embocadura del barranco.

La ladera dcha. orográfica no se queda atrás en lo tocante a la pendiente
Nos reunimos y ya juntos completamos la bajada por donde vinimos hasta llegar de nuevo a Astún, habiendo completado un circuito invernal, con un ascenso interesante, que no demasiado exigente, a un pico que, en invierno, reproduce un ambiente de alta montaña  muy atractivo,  tras el cual sacamos en claro que las raquetas resultan prácticas con nieve blanda para llanos y pendientes moderadas, pero que en cuanto hay que cantear y la inclinación aumenta, conviene recurrir a otro instrumental más adecuado. Ideal para esquí de travesía.


sábado, 6 de enero de 2018

El Masmut y su entorno: uno de los rincones más vírgenes del Matarraña.


Farallones del Masmut
Impresionante mole calcárea rojiza que supera los cien metros de altura, próxima al río Tastavins,  afluente del río Matarraña; de entrambos surge el nombre de la población que tiene a sus pies: Peñarroya de Tastavins.

Los recorridos por estos recónditos lugares constituyen, en la mayoría de los casos, excursiones exigentes por parajes serranos cubiertos por extensos pinares y surcados por agrestes barrancos, donde en cada plana de altura encontramos las ruinas de antiguas masías hoy abandonadas, habiendo dejado tras sí todo un paisaje de bancales y otros restos, testigos del desempeño de las labores básicas para el sustento en aquel hábitat particular de masías y masoveros. Es tierra de frío y viento, de una belleza sencilla y primitiva.

Una mañana de desapacible diciembre Eduardo, Rubén, Segis y yo iniciamos la marcha junto a la Balsa de San Miguel, a un kilómetro escaso tras dejar atrás Peñarroya, confiando en que se cumpla el pronóstico meteorológico que anuncia “cielo despejándose a partir de media mañana”.

Dejando para el final la visita al Masmut, emprendemos una circular que nos llevará a rodear primero las moles de los Mollons por sus caras Oeste y Sur, embocarnos después en el barranco den Ferri, yendo por él hasta encontrar el salto den Ferri, desde donde saldremos del cañón por su ladera derecha (orográfica), alcanzando tras un rodeo la zona de las Planas, un entorno expuesto a los vientos y en el que los enebros centenarios son numerosos, desde donde viraremos el rumbo hacia el Norte y retornaremos al pie del Cingle de San Jaume para, tras pasar por la Creu del Llop, encarar (en el literal sentido de la palabra) el farallón del Masmut, antes de descender de nuevo a la Balsa de San Miguel, tras haber realizado un recorrido de 18.5km de longitud, salvando un desnivel total en ascenso de 860m de D+.

Bien abrigados comenzamos la marcha echando una ojeada al Masmut. A ver si empieza a aclarar, que hay mucha nube. De momento frío pero poco viento.

Fachada Oeste del Masmut
Nos encaminamos directamente hacia los Mollons, paredones de conglomerado, a primera vista inexpugnables, que vamos contorneando en nuestra marcha hacia el barranco den Ferri.


Els Mollons
 
 
 
Al poco de pasar junto al Mas de Mollons alcanzamos un cruce de sendas. La localización de un pino con tres troncos nos indica la que hemos de tomar, pues por ella accederemos al cañón que andamos buscando.

Mas de Mollons
 
Pino de tres troncos
Al principio por arriba, para luego entrar en el barranco den Ferri. Caliza áspera, senda todavía otoñal donde arces, pinos y yedras constituyen la vegetación dominante. De agua ni rastro. Tan sólo alguna poza aislada. El entorno, sin embargo, sumamente atractivo para los buscadores de lo inédito y amantes de lo intrincado.

Barranco den Ferri desde la parte superior
 
 
 
Vegetación en el interior del barranco den Ferri. Yedra
 
La envolvente y exuberante yedra tan solo permite al pino mostrar sus ramas más altas
 
Los arces colorean bellamente la bóveda y suelo del bosque
 
 
Alcanzamos el Salto den Ferri. De la cascada que lo salva tan sólo los restos de verde musgo quedan en la roca ¿Y por dónde salimos de aquí? El tiempo, lejos de mejorar nos sorprende con la primera llovizna de la jornada.

Salto den Ferri
Tras una exploración minuciosa del lugar, y retrocediendo una veintena de metros por el cauce del barranco, encontramos el inicio de una muy empinada trocha que remonta el lateral derecho del cañón (sentido orográfico) entre grandes encinas y pinos de tamaño mediano.

Ascendemos entre resoplidos que “nos sacan del fondo” unos cien metros y alcanzamos una estrecha senda que recorre la parte superior.

Plegamiento, desde la parte superior del barranco
Salimos a zona amplia y despejada en la que divisamos algunas masías.  Vemos a nuestra izquierda la de Antolino, retirada y a la que no nos acercamos; en su lugar nos encaminamos en amplio rodeo hacia el Sur a la más lejana dels Molinars.

Mas d'Antolino
Vegetación abigarrada, cardos resecos, muros derruidos y un pozo en bastante buen estado de conservación marcan el lugar del Mas dels Molinars.
 
 
 
Pozo del Mas dels Molinars
Desde este ventoso enclave, enfrente y apuntando al Sureste, divisamos Els Plans (las Planas) a donde nos encaminamos sin más demora. Ahora la llovizna arrecia y está a punto de pasar al grado de lluvia persistente (menuda fiabilidad de pronóstico estamos teniendo). A lo lejos vemos de nuevo el Mas de Antolino.

 
Mas d'Antolino
Al llegar a las Planas cesa temporalmente la lluvia. Gris de la caliza, gris del cielo, verde del denso pinar y en medio, destacando, un magnífico enebro centenario o milenario entre otros de menor porte. Hacia él nos dirigimos con respeto.

 
 
El tiempo no está para muchas bromas, y como aún nos queda recorrido, sin más demora enfilamos el retorno por una pista que bordea  la base del Cingle de San Jaume.

Zona de bojes amarronados, con el viento dándonos de cara y caminando bajo la incesante llovizna que todavía no cala nuestra ropa pero que poco a poco va mojando.

La belleza del sobrio y agreste paraje por el que nos movemos nos tiene cautivados.

Retorcidos ejemplares de viejos enebros jalonan la marcha
 
 
Vamos completando la circular. Dejamos atrás la Cruz del Llop y llegamos al Mas y a la Nevera de Borla donde de nuevo contemplamos los restos del ayer.

Mas den Borla
 
Una carrasca ha crecido dentro de la Nevera den Borla
Queda poco trayecto ya. Descendemos rápidamente por un camino de herradura trazado en la faja caliza, vamos en dirección al Mirador del Masmut, última guinda del día.

Contemplando el frontal del Masmut se nos pasa el rato, nos pilla la lluvia ahora más continua y entendemos que debemos ir terminando antes de que se consolide el aguacero.

Fachada Sur del Masmut
Así que emprendemos trote descendente hacia el Coll de Borla echando la vista atrás, viendo cómo se encapota el cielo y cómo la lluvia arrecia de lo lindo.

El agua chorrea por las paredes del Masmut
Ya tenemos a la vista Peñarroya, el coche más cerca todavía. Bajamos corriendo llegando bastante mojados pero menos de lo que podría haber sido, tras haber realizado una gran circular por tierra indómita a lo largo de la cual el pronóstico meteorológico erró por todo lo alto.

Peñarroya de Tastavins

De izq a dcha: Eduardo, Rubén, Carlos, Segis